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viernes, 29 de julio de 2022

De leyenda: Caminos subterráneos en Santo Domingo

En febrero de 2005, en la capital del Santo Reino, muchas personas del entorno de los Baños Árabes aseguraron que un investigador había encontrado la misteriosa Mesa de Salomón. Esta persona lo hizo tras bajar a un sótano de una vivienda particular y perderse por el mismo. Al parecer, esos sótanos comunicaban directamente con uno de los caminos subterráneos secretos que aun pueden mantenerse en pie en la ciudad.


Por esa zona, según cuenta la leyenda, existe una especie de corredor que lleva hasta una sala circular que conecta con otros cuatro caminos. De estos pasadizos se comenta que llevan hacia el nacimiento del Raudal, el Castillo de Santa Catalina, los Baños Árabes y la Catedral de la Asunción de Jaén. Quizá estos caminos siguen existiendo porque en época árabe, estos túneles pudieron ser usados para transportar agua desde el raudal hacia importantes enclaves de la ciudad.

También existen unos escritos en los que se deja constancia que el propio Enrique Romero de Torres, mientras recorría los Baños Árabes en 1913, se encontró con una galería de 1,85 metros de altura y que pasaba por debajo de la actual plaza conocida como Santa Luisa de Marillac. A los 18 metros, este camino subterráneo se detiene por estar tapiada.

Pero no son los únicos pasadizos que pueden existir en Jaén. Existen historiadores que sostienen que aun existe un pasadizo que conecta el antiguo palacio de los reyes moros con los famosos Baños Árabes, y algunos vecinos mantienen que aún existen recovecos subterráneos en el desaparecido foro romano, de gran amplitud y que se podía recorrer a caballo, otro que cruza la calle Santo Domingo con la calle Trinidad, y un último camino subterráneo que puede existir en la calle Zumbajarros y que sube hasta el Castillo de Santa Catalina.


viernes, 10 de junio de 2022

De leyenda: Dos santos en la Loma del Rollo

Hace muchos años vino un arriero hacia la ciudad montado en su borriquilla para visitar a su hermano que vivía en una casa próxima a la ermita de Santo Elifonso, en lo que hoy se conoce como barrio de Belén y San Roque, ya que su hermano le había prometido un buen trabajo.


Cerca de la capital del Santo Reino, el arriero se adentró en un camino Real que, cruzando las Lagunillas y las Eras de Belén, llegaba hasta la Puerta Barrera. Cuando estaba a la altura del Cerrillo de la Misericordia, se percató que delante de él, y en la misma dirección, caminaban dos peregrinos. El animal se puso a rebuznar y a sentirse inquieto, apartándose hacia la derecha del trazado.

El arriero, que procuró seguir el instinto de la burra, hizo el mismo gesto. A la altura de la actual calle Eras de Belén, la burra volvió a pararse, negándose a andar. En ese instante, se le acercó dos peregrinos y uno de ellos le regaló agua bendita para que la derramara en la primera puerta cerrada de la ciudad que se encontrara pidiéndole al Dios salud para cuántos estuvieran detrás de ella.

El viajero recogió el frasco y montó de nuevo en su burra. Cuando llegó a la Puerta Barrera, ésta se encontraba cerrada. El hombre descabalgó y la golpeó para que le abriesen.

Desde lo alto de la muralla, un soldado le comentó que las puertas de la ciudad estaban cerradas porque se había declarado una epidemia de peste y nadie podía entrar. Sin dudarlo, el hombre cogió el agua bendita que le habían regalado y tiró sobre la puerta el líquido, tal y como le indicó el peregrino.

El arriero volvió al punto donde se encontró a esas personas, pero ante la oscuridad del camino, la burra se hizo una herida grave y tuvieron que pasar la noche allí. Uno de los dos peregrinos apareció de la nada, se acercó al arriero, lamió las heridas del animal y avisó a su dueño de que al día siguiente iba a entrar a la ciudad montado en su animal.

A la mañana siguiente, el hombre descubrió que la Puerta Barrera estaba abierta, entró en la ciudad y allí pudo comprobar que los vecinos de la capital del Santo Reino estaban totalmente sanos. Cuando llega a casa de su hermano, le cuenta a este lo sucedido. Rápidamente se fueron a ver al capellán de la ermita de San Elifonso, quien puso esa información en conocimiento del Obispo. Éste llamó al arriero y le preguntó si conocía el nombre de esos peregrinos, a lo que le contestó que se llamaban Roque y Nicasio.

viernes, 22 de abril de 2022

De leyenda: La Casa de los Salazares

La casa de los Salazares fue un antiguo palacio noble situado en la calle Abades número 2, en pleno centro de la ciudad, junto a la Catedral de Jaén.

A mediados del siglo XIX, doña Ana, la protagonista de esta leyenda, enviudó de un banquero y uno de sus hijos la denunció, acusándola de haber ocultado parte de los bienes de la herencia. Tras un fatigoso juicio, el juez ordenó el registro de la casa, sin haber encontrado nada. El motivo de este resultado fue que esa misma noche, la viuda se encargó de buscar una pared donde esconder el dinero.

En esa noche, doña Ana, al pasar por delante del retrato de su marido, tuvo que sufrir las acusaciones de su criada confirmando la reprobación de su actitud. La mujer se enfadó tanto con su sirvienta que la despidió. A los pocos días, doña Ana fallece, y nunca más se supo de ese dinero, incluido su hijo.

La casa fue vendida y sus nuevos inquilinos buscaron los ochenta mil duros de la época sin éxito. Algún comprador posterior de la casa llegó hasta a perforar sus paredes pero tampoco consiguió nada relativo, siendo la búsqueda de ese dinero un auténtico misterio.

viernes, 18 de marzo de 2022

De leyenda: El niño de la Catedral

Cuenta la leyenda que en el año 1950 un niño se subió a una escultura de la Catedral de Jaén para ver salir a Nuestro Padre Jesús. Éste resbaló y cayó al suelo, muriendo en el acto. Años más tarde, un hombre decidió quedarse a dormir en el templo mayor para poder contemplar el amanecer de El Abuelo sin que nadie le molestase. Mientras dormía, de repente, se cruzó en sus sueños la imagen de un niño.


Esta persona despierta sobresaltado y mira a su alrededor. Comprueba que no hay nada. El motivo de su miedo es que su sueño parecía muy real. A continuación, el hombre escucha un llanto que parece venir del coro. Éste hombre tose y el llanto cesa. Espera un poco, coge una vela y se acerca al coro. Allí vuelve a descubrir que no había nadie.

Se sienta en un banco, apaga la vela y espera a que aparezca alguien. De nuevo, volvió a escuchar ese llanto intensamente. Lo escucha muy lejos y a la vez muy cerca. Cesa el llanto y nota una ráfaga de aire frio por la espalda. El hombre decide no moverse. Ese aire frio lo nota por todo el cuerpo. Se gira y descubre el áurea blanca de un niño dirigiéndose hacia la Sacristía. Al acercarse el fantasma a la puerta desaparece.

Amaneciendo, el hombre se quedó bloqueado. No podía quitarse la imagen de ese niño de la cabeza. Las puertas de la Catedral se abren y el hombre va en busca del capellán. Este le comenta que no es la primera vez que escucha ese tipo de historias y que son habladurías.

Muchas personas comentan que han visto a un niño de temprana edad corriendo por las naves catedralicias, con pantalones cortos, tirantes y en cualquier época del año. El sacristán de la Catedral también comentó que, en alguna ocasión, al cerrar el templo, ha podido ver la imagen de un niño correr y perderlo de vista.

Otros aseguran que lo han visto correr, en Semana Santa, hacia el trono de la Virgen de las Angustias y que, cuando han levantado sus faldones, no han encontrado nada.

viernes, 24 de diciembre de 2021

De leyenda: La Mora del Archivo Histórico

Año 1155, Alfonso VII El Batallador vino a sitiar Jaén tras haber tomado Andújar. Loco por conquistar la entonces Cora de Yayyan, ordenó a sus capitanes que vigilaran y cerraran el paso de los caminos que llevaban a la ciudad. En esa ocupación se encontraba don Fernán Ventúrez, responsable del camino de Granada.


Una mañana, éste comenzó a investigar las defensas enemigas, adentrándose en las huertas que riega el arroyo de Valparaíso, burlando la vigilancia de unos soldados árabes que, sentados, controlaban los movimientos de las tropas cristianas.

De repente, una joven mora que se encontraba en compañía de otras tres muchachas, se topó de frente con el flamante capitán quien, sorprendido por la belleza de la joven, quedó enamorado de esta. La chica también se quedó prendada del muchacho, hasta el punto que ésta permaneció inmóvil. Don Fernán le regala una rosa blanca a la joven, invitándola a marcharse junto a los suyos. Ella, avergonzada, tapa con una gasa su cara y se marcha con las demás adolescentes.

Al día siguiente, el Capitán regresa al mismo punto para provocar otro encuentro. En esta ocasión fue él quien la sorprendió, ofreciéndole una nueva rosa blanca, besando la muchacha sus pétalos. Durante tres días los jóvenes concertaron citas a solas, aumentando el sentimiento común entre ambos.

Pero no todo iba a ser color de rosas, nunca mejor escrito, puesto que la joven mora fue delatada por una de sus acompañantes. Apenas había rebasado la puerta de Granada, un piquete de soldados siguió a la joven hasta el árbol del amor, y sorprendiendo a los enamorados, los guardias los capturaron y los apresaron en el palacio real donde el Capitán fue conducido a las mazmorras del palacio, hoy Archivo Histórico, mientras ella fue encerrada en una habitación de la residencia árabe.

La joven estuvo durante días pidiendo información sobre su amado, y ante la negativa que recibía, lamentaba una y otra vez, entre sollozos, lo desgraciada que era. Una mañana dejaron de oírse esos lamentos. En el centro del jardín del palacio se construyó una fosa, presumiblemente donde se iba a enterrar el cuerpo sin vida de la joven dama.

Desde ese día, muchas personas han confesado haber visto la figura de una joven mora de ojos verdes, con gasa de delicados bordados y pedrería sobre su rostro, pasear por el claustro del convento, o buscar por las mazmorras que pudo existir en el lugar a su amado.

Recientemente, un estudiante que visitaba esa galería, comentó que nunca más accedería a la misma. Otra tarde, unos albañiles que se quedaron solos salieron despavoridos del recinto, confirmando que jamás volverían a su punto de trabajo. E incluso un pintor prefirió perder el empleo a seguir con sus obligaciones.

En una ocasión se tomó una fotografía al fondo del corredor de la galería alta, apreciándose una figura transparente de una entidad a modo de mujer vestida con gasas o túnica oscuras. La fotografía, misteriosamente, desapareció.


viernes, 15 de octubre de 2021

De leyenda: Las Tres Morillas

En los últimos años de reinado árabe sobre la capital del Santo Reino hubo un monarca, llamado Rey Alhamar, que tuvo que sufrir la pérdida de su esposa tras el parto de tres hermosas niñas; Aixa, Fátima y Marien.

Aquellas niñas se convirtieron en tres bellas damas, y su popularidad era tal que las habladurías de la época habían traspasado las fronteras de Jaén. Es por ello que su padre las mantuvo encerradas dentro del Alcázar Viejo del Castillo de Santa Catalina, para protegerlas de las miradas de los hombres.

Un buen día llegó a Jaén un emisario del monarca cristiano Fernando III para entregar al rey Alhamar una carta. Alhamar ordenó que el soldado se alojara en la fortaleza los días que permaneciera en la ciudad mientras meditaba la respuesta de esa propuesta.

En una cena, mientras estaban sirviendo los postres, las tres hermanas entraron jugando a la estancia y al observar al soldado estas se quedaron tan impresionadas que salieron corriendo del comedor con la misma velocidad con la que entraron. Tras este hecho, tanto las tres hermanas como el emisario fueron presentados formalmente. Desde ese momento, el soldado cristiano buscó sin cesar a las bellas damas por toda la fortaleza sin éxito.

Alhamar dio respuesta formal al monarca cristiano, por lo que el emisario tuvo que abandonar la fortaleza árabe. Varios meses después, el caballero cristiano regresó en secreto a Jaén para conquistar a una de las hermanas. Ya en el interior del recinto fortificado, se escondió en un huerto, y es allí donde pudo escuchar una canción entonada por las tres hermanas.

“¿Do estarás ahora hermoso galán, que solo pude verte un día? ¿Qué triste se tornó mi vida, desde que te perdiste en la lejanía!”

El soldado se acercó a ellas sigilosamente y les preguntó si ese caballero era él, porque desde que las vio se enamoró de cada una de ellas. Aixa, con lágrimas en los ojos, le dijo que su amor era imposible porque su padre la había cortejado con un señor de Granada muy poderoso aunque ella también sufriera de amor por él.

Las hermanas, entonces, decidieron entrar al interior del castillo, y el caballero cristiano las siguió. En ese intento, el joven soldado fue capturado por las tropas del rey Alhamar. A los pocos días el monarca nazarí se entrevistó con el soldado, que le contó lo que le había ocurrido. Alhamar, finalmente, con todo el dolor de su corazón, decidió permitir que Aixa pudiera casarse con el caballero cristiano, aun sabiendo que no volvería a ver a su hija nunca más.

El caballero cristiano permitió que Aixa pudiera ver a su padre al menos una vez al año y, resuelto ese escollo, Alhamar permitió que sus otras dos hijas, Fátima y Marien, eligieran marido. Alhamar puso al tanto a Fernando III de lo sucedido y, este último, que se encontraba en Úbeda, le comunicó que deseaba apadrinar la boda. Todos se trasladaron a Úbeda, donde se celebró el bautizo de la bella mora y, a continuación, la boda.

Se puede decir que de esta hermosa leyenda nació un bello cancionero en pleno siglo XV que dice lo siguiente:

Tres morillas me enamoran en Jaén,

Axa, Fátima y Marién.

Tres morillas tan garridas iban a coger olivas,

y hallábanlas cogida en Jaén, Axa, Fátima y Marién.

 

Y hallábanlas cogidas y tornaban desmaídas

y las colores perdidas en Jaén. Axa, Fátima y Marién.

 

Tres moriscas tan lozanas, tres moriscas tan lozanas

iban a coger manzanas a Jaen, Axa, Fátima, y Marién.

Díjeles: ¿Quién sois, señoras, de mi vida robadoras?

Cristianas que éramos moras en Jaén.

Axa, Fátima y Marién.

 

Tres morillas me enamoran en Jaén.

Axa, Fátima y Marién.

También en 1931, el propio Federico García Lorca popularizó esta leyenda dentro de los cinco discos gramofónicos que contenía un total de diez canciones, entre ellas las Morillas de Jaén, que grabó con la voz de Encarnación López La Argentinita.


viernes, 30 de julio de 2021

De leyenda: Mona de la Catedral

Existen opiniones que aseguran que la escultura colocada sobre el entablamento del muro gótico de la catedral es la imagen grotesca de un moro, colocado allí por algún motivo especial. Este pudo tratarse de un Bafomet, o representación de Dios para los templarios, que estaría dando un carácter sagrado a la greca gótica que presenta el muro. Otros sostienen que la cabeza puede ser un judío.


La escultura presenta la imagen de una persona sentada al estilo moro, inclinándose hacia delante y sujetándose los pies con las manos. Los labios se encuentran apretados, como indicando el secreto que debe guardar el iniciado que descifre el contenido de la cenefa cuya dirección señala. La nariz se encuentra cercenada, según la leyenda, por un niño que apareció muerto al día siguiente tras una crisis de locura.

A finales del siglo XIX, unos niños conocedores del encantamiento maléfico que pesaba sobre la pequeña figura, decidieron pasar bajo la imagen demoníaca, algo impensable antiguamente. Las personas que por allí transitaban le recomendaron a los niños que dejaran de pasar por este punto, como si les fuera la vida, y los niños continuaron pasando bajo esta como si nada.

De vuelta a su barrio, los niños fueron recibidos como héroes por otros pequeños. Enterados sus padres de lo acontecido, les recriminaron duramente su actitud y los castigaron con volver a ese lugar. Pasado un tiempo, los niños regresaron a la zona en compañía de aquellos niños que dudaban de su anterior hazaña. Llegados al punto, los niños comenzaron a pasear bajo la Mona y, uno de ellos, cogió varias piedras y las lanzó con más o menos fortuna hacia la imagen del judío, impactando contra la nariz, cercenándosela.

A los pocos minutos, ese mismo niño comenzó a sudar y a sentir escalofríos. De vuelta a casa, los padres llamaron al médico. Éste le aplicó ungüentos y cataplasmas y le hizo ingerir pócimas y brebajes, pero el niño continuaba convulsionando en la cama entre gritos. A la mañana siguiente, fue su propia madre la que encontró el cuerpo sin vida de su hijo.

También existe otra leyenda que comenta que cualquier estudiante que haya estudiado y después insulte a la Mona, aprobará.

viernes, 11 de junio de 2021

De leyenda: Albañil Emparedador

A principios del siglo XX, unos jornaleros buscaban trabajo en la Plaza de San Francisco. Allí pasaban todo el día sin mucho éxito. Cuando empezó a caer la tarde, la plaza comenzó a quedarse solitaria. Uno de ellos se marchó dirección la calle de los Álamos, con cara de resignación, al no haber conseguido su objetivo.


En sentido contrario, por dicha travesía, caminaba una persona misteriosa que paró al albañil para ofrecerle una suma importante de dinero si a cambio hacía un trabajo especial en ese momento. El jornalero aceptó y el contratador le vendó los ojos y lo tuvo dando vueltas por la ciudad hasta parar en un punto desconocido.

Se llamó a una puerta de un edificio y ésta se abrió sigilosamente. Entraron al interior de ese hogar y llevaron al trabajador hacia una dependencia. Le quitaron el vendaje y allí escuchó las instrucciones necesarias para realizar su trabajo, tapiar un hueco en la pared.

Este se puso a trabajar de inmediato pero, de repente, cuando colocó el primer ladrillo, descubrió que en ese hueco se encontraba el cuerpo sin vida de un cadáver del que nunca se supo el sexo de esa persona. La necesidad hizo que realizara ese trabajo, ya que el dinero lo necesitaba urgentemente.

Desde esa misma noche, y durante un buen tiempo, el albañil no dejó de pensar en el cadáver que había sido tapiado. Tuvo tal remordimiento este humilde trabajador que una mañana cualquiera, este fue encontrado junto a su esposa colgados sin vida en el comedor, con la lengua fuera y los ojos desencajados.


viernes, 23 de abril de 2021

De leyenda: Jaén, tierra del Ronquío

Ronquío, en la capital del Santo Reino, se utiliza cuando una persona contaba algo increíble o pedía algo muy costoso y que no quería dar y la otra persona le soltaba una especie de gruñido o ronquido cuando menospreciaba al primero.


Cuenta la leyenda que, a principios del siglo XV, la ciudad vivía en un periodo no muy tranquilo. La frontera con los moros de Granada era insegura debido, también, a su cercanía frente a la capital del Santo Reino, al hallarse esta en Cambil.

Los cristianos ordenaron establecer turnos de vigilancia, tanto de día como de noche, cuya misión era la de vigilar los pasos o caminos y encender una buena hoguera que fuera vista desde el alcázar de Jaén para que los que estuvieran en el interior de la ciudad les diera tiempo a preparar la defensa o a acoger las gentes de extramuros.

De noche, los moros, aprovechando la oscuridad, se aproximaban hasta el farallón de San Cristobal para sorprender a la guardia cristiana y, de este modo, evitar el aviso a la ciudad. Así, por la mañana, podían atacar los muros de la ciudad sin apenas resistencia.

En una de esas noches, la pequeña milicia urbana que le tocaba cubrir esos caminos, estaba muy cansada tras un día de mucho trabajo en el campo. Nadie se durmió en los tres primeros turnos. Ya en el quinto relevo, en una noche sin la luz de luna, empezaron a coger el sueño. Nada parecía moverse, salvo el canto de los grillos y el ruido del agua del arroyo cercano. Uno de los guardias comenzó a roncar levemente.

Una partida de moros, que habían estado vigilando desde esa misma tarde el puesto de vigilancia de los cristianos, se aproximaron hacia estos sigilosamente. Si caían sobre ellos y los eliminaban, la sorpresa estaba asegurada y los podían asesinar sin problemas. Cuando los moros iban a degollar a los cristianos, cayó un rayo cerca del punto de vigilancia, y uno de los cristianos expiró un ronquido de tal tamaño que parecía un redoble de tambor.

El resto de cristianos despertaron y los moros quedaron al descubierto. Algunos de estos últimos acabaron muertos, otros huyeron. Los cristianos encendieron una hoguera y descubrieron que no había más enemigos cerca. Los planes de los adversarios habían sido frustrados. A la mañana siguiente, una expedición exploró los alrededores y descubrieron que los moros abandonaron sus posiciones en Cambil.

El hecho del ronquido corrió como la pólvora entre los vecinos de la ciudad y, desde entonces, cualquier hecho, palabra o frase que a un jienense le parezca un menosprecio, siempre será respondido con un ronquido.

viernes, 19 de marzo de 2021

De leyenda: Jasmina

Cuenta la leyenda que Jasmina era una joven bellísima, mora, de ojos rasgados y verdes, que vivía en el Alcázar Nuevo del Castillo de Santa Catalina al ser amante de don Miguel Lucas de Iranzo, Condestable de la ciudad. Dentro de la corte, existieron muchos nobles envidiosos, quizá por esta aventura amorosa, o porque estaban celosos del trato a favor que el Condestable daba a moros, gitanos y judíos.


Aprovechando uno de los viajes que don Miguel Lucas realizaba por causas de guerra, un grupo de nobles entró en la habitación de Jasmina. Estos la violaron, estando embarazada, y la quemaron viva. Desde entonces, se comenta que por los atardeceres se escucha por la zona el llanto de la bella princesa mora por las almenas de la fortaleza, esperando a su amado.

En 1960, mientras se construía el Parador Nacional de Turismo, un guarda de seguridad aseguró ver a la joven mora por la antigua entrada al Centro de Interpretación, es decir, por las actuales escaleras de la cafetería del parador. En alguna ocasión, al tomar una fotografía al cuadro del Condestable que actualmente se expone en el salón de armas del Parador de Turismo, esta ha salido velada.

Muchos aseguran que esas visiones y sollozos pueden ser también de la mora del antiguo palacio de los Reyes, en el Convento de Santa Catalina, o por la mora fallecida en Caño Quebrado.


viernes, 25 de diciembre de 2020

De leyenda: Almas errantes en el Hospital de San Juan de Dios

A continuación, se puede leer el texto original sobre dicha leyenda.


“Esta tarde se ha puesto a llover; a llover de esa forma tan especial con que lo hace en Jaén.

El viento zarandeaba las baldas de la persiana que, a media altura, dejaban pasar al comedor la última cuota de claridad que los pardos nubarrones permitían filtrar por sus frías y húmedas paredes. Izó un poco más aquella persiana, y agudizó mis sentidos.

El silbido del viento se hacía presente por las invisibles rendijas de la ventana. Las ramas de los árboles siseaban al rozarse con fuerza las unas contra las otras, mientras las gotas de agua, estrelladas en los cristales, imprimían una visión distorsionada de las personas que, encorvadas por el viento y asiéndose el sombrero con una mano o aguantando el paraguas ya vuelto con la otra, caminaban lo más deprisa que podían por las calles empedradas. Alguna de ellas parecía volverse, y mirarme, y llamarme.

Estaba en un punto en que lo onírico se podía transmutar en realidad, o en el que tal vez, la realidad, podía adquirir tintes oníricos. En estos casos, la curiosidad tiende a dejarse llevar por las apariencias y, quizás, conducimos al encuentro de algo o alguien mostrándonos un camino que, de tomarlo, no acertaríamos a adivinar si es real o imaginario. En ese estado, atrapado por las redes que lanza el viento al entrecruzarse con las ramas de los invisibles olmos, me siento transportado al viejo barrio de San Miguel.

La cuesta que lleva hasta su perdida iglesia se torna resbaladiza. Allí, al igual que en sus calles aledañas, tampoco hay árboles, pero sin embargo se sigue escuchando el quejido de las ramas, trayendo quizás alguna oración perdida desde el vecino convento de Santa Catalina.

Como si de un sendero trazado se tratase, sigo los húmedos y brillantes guijarros de la Calle Córdoba hasta llegar a la todavía llamada de la Almona. En ella, una monja enjuta y pálida, con hábito azul, mandil blando y blanca toca almidonada desplegada al viento, baja impasible hacia la del Carnero, perdiéndose inexplicablemente antes de tomar el recodo de la misma.

El viento me empuja y fuerza mis pasos hasta aquel lugar, pero no encuentro su rastro. Paso por delante del callejón, llamado en otro tiempo de los muertos, siempre bordeando la tapia del benéfico hospital de San Juan de Dios, y abierta su antigua puerta gótica de par en par, decido entrar al vislumbrar entre las palmeras del patio por pálida silueta de la monta. Ya dentro, me pareció verla entrar en el ascensor. Me acerco, entro también, y compruebo que no hay nadie en su interior, solo yo.


El aire, que se arremolinaba por el claustro creando pequeños torbellinos, ha arrojado un papel dentro del ascensor, dejándolo a mis pies. Me inclino para cogerlo y, cuando me disponía a desdoblarlo para leerlo, se cierra sin más su puerta conmigo dentro y comienza un descenso a lo desconocido que encogió mi ánimo, mientras una ráfaga de viento cruzaba mi espalda, produciéndome un escalofrío, un repelús, que me hizo languidecer con tal rapidez que, de no ser porque la puerta se abrió de nuevo y pude salir, hubiese caído sin duda en una crisis de pánico.

Me encuentro ahora en una estancia con bóvedas bajas, justo al lado de la cafetería. La temperatura es fría. Sin embargo, un prolongado perfume a azahar inundaba el momento, creando un ambiente de bienestar espiritual.

Pero esa conjunción con lo eterno pronto fue turbada por un repentino y fugaz apagón de luces que actuó, al parecer, como resorte para que se abriera la pesada puerta de cristal por la que se accede a la cafetería.

Perdida ya la razón y dejándome llevar por los impulsos del alma, crucé el umbral de aquella puerta y recorrí una larga estancia. En ella, tras la barra del mostrador, se encontraba una mujer morena de ojos grandes, oscuros y profundos, que más que camarera, asemejaba encarnar una vestal romana rodeada de un aura blanca por todo su cuerpo.

Miró mis asustados e incrédulos ojos mientras me ofrecía un café.

Sobre el fuego apagado de la cocina, la cafetera silbaba indicando que el café estaba en su punto. Me sirvió una taza. Pero otro repentino y fugaz apagón de luces me hizo desviar la mirada de aquellos profundos ojos y dirigirla al lugar por el que entré. El ascensor abría su puerta nuevamente sin nadie dentro de él, y a los pocos segundos, se vuelve a abrir sola la de aquella cafetería, a la vez que unos pasos sordos parecían avanzar hasta mí deteniéndose a escasos metros. Entonces, la puerta se cerró con la misma lentitud con la que antes se abrió.

No reacciono. Vuelvo la mirada a la sacerdotisa y le pregunto con la mía. Ella pausó unos segundos la contestación, a la vez que su rostro se tomaba en cada uno de ellos más afable. Después, con voz dulcísima, me dijo “En este Hospital hubieron muchos llantos, lamentos, agonías dolorosas… muertes imprevistas”. Aquella estancia, dijo dirigiendo su mano a la de baja bóveda donde se encontraba el ascensor, y sin dejar de mirarme, era la cripta. Allí dejaban a los muertos hasta que eran transportados al cementerio o a la iglesia. Muchas almas, continuó diciendo, han quedado apresadas entre estos muros esperando el momento de ver la luz que las lleve hasta la infinita misericordia.

Una nueva ráfaga de viento zarandeó mi cuerpo, mientras mis ojos se perdían en el océano proceloso de los de aquella mujer.

Se había abierto un postigo de la ventana y la lluvia penetraba en mi comedor mojándome la cara. Lo cierro con rapidez y me siento despertar de un sueño un tanto absurdo.

Las escasas personas que pasaban por la calle, iban cobijándose como podían de las inclemencias de la tarde, y las ramas de los árboles seguían en su desaforada desazón blandiéndose las unas contra las otras.

El subconsciente me llevó de nuevo hasta los ojos de aquella mujer, a esos ojos negros, grandes y profundos, pero achinados un tanto a causa de la sonrisa virginal y mágica que me deparaba.

Esos ojos, llenos ahora de dulzura, incidieron con suavidad en una de mis manos, en la que tenía cerrada y apoyada sobre el frío cristal, me vuelve a mirar forzando mi ánimo para que yo mirase también esa mano. Así lo hayo y veo como en ella, fuertemente apretado, había un papel aprisionado. Era el mismo papel que recogí en el ascensor del Hospital.

Como si el tiempo y el lugar se hubiesen trasladado desde aquella cripta hasta mi comedor, me enfrento de nuevo a las almas mudas y penitentes que vagaban por las frías salas de aquel hospital. Miro de nuevo el papel arrugado dentro de mi mano, pero no me atrevo a leerlo inmediatamente a pesar de la intriga que de su contenido percibo. Lo despliego poco a poco, receloso de lo que pueda encontrar escrito en él, pero al mismo tiempo ávido por saberlo. Al cabo de un rato, fijo mis ojos sobre unas letras grandes, un tanto deformes, de color apagado, en las que se puede leer con estupor. ORA PRO NOBIS”.

viernes, 16 de octubre de 2020

De leyenda: La Cruz del Castillo

En 1246, Fernando III El Santo, monarca cristiano, conquista definitivamente la ciudad tras un pacto alcanzado con el rey árabe Alhamar, por medio del cual el monarca cristiano se queda con la Cora de Yayyan a cambio de que Alhamar conquistara la ciudad de Granada con las tropas de Fernando III.


Cuando Fernando III sube a la cumbre del cerro de Santa Catalina para entrar al interior del Alcázar Viejo árabe, ordena a sus seguidores que lo sigan en su caminar. Sin embargo, uno de sus capitanes desobedeció esa orden y se dirigió al pico de la colina para clavar una espada en señal de victoria.

Fernando III se entera de la noticia y cuando ve el resultado, ordena a las hermanas clarisas de la capital del Santo Reino, orden religiosa fundada por el propio monarca, que se encargaran de colocar todas las cruces de manera que fueran necesarias a lo largo de la historia para que, de este modo, el mundo entero se percatara de que Jaén era ciudad cristiana. Las hermanas clarisas cumplieron con la labor hasta mediados del siglo XIX, cuando la familia de don Juan José Balguería se ofreció para costear una nueva cruz y al mantenimiento de la misma.

En 1951 se construyó la cruz actual, y al pie de la misma se puede leer una inscripción que dice: Esta Cruz, siguiendo piadosa tradición, ha sido costeada y donada al pueblo de Jaén, por los hermanos de doña Dolores y don Eduardo Balguerías Quesada. Jaén, Octubre de 1951.

Existe también una leyenda reciente relacionada con una cruz anterior a la actual. Los más antiguos sostienen que, en una tarde de viento y lluvia habitual en la capital del Santo Reino, la cruz de hierro que coronaba el cerro fue arrancada de cuajo del lugar, y los más exagerados comentan que dicha cruz bajó a tal velocidad que pudo abrir la puerta central de la Catedral de Jaén, una historia que, en verdad, es muy difícil de creer.

viernes, 7 de agosto de 2020

De leyenda: Habitación maldita en el Parador de Jaén


Por todos es conocido que en el Parador de Turismo de la capital del Santo Reino se han ido experimentando diferentes acontecimientos que son difíciles de explicar. Muchos empleados han escuchado pronunciar su nombre cuando estaban completamente solos en el complejo. Se ha tenido constancia de objetos cambiados de lugar, de desapariciones de los mismos, de ruidos extraños y golpes de madrugada, y de habitaciones que no estaban ocupadas y por el que se veía salir de esas mismas a supuestos clientes.

El epicentro de tantos misterios se encuentra en la habitación nº 22. En ella se ha sentido la presencia de alguien invisible que anda por la misma, que llora, que provoca anomalías eléctricas y descensos de temperaturas, movimientos de muebles y cajones, etc. Hay clientes que comentan que, en plena madrugada, alguien llama a la puerta y, al abrir la puerta, no hay nadie visible. Vuelven a acostarse y de nuevo llaman a la puerta.

Otros testigos comentan también que han notado como, en plena noche, alguien les tiraba de la manta y caminaba alrededor de ellos. Estos hechos han provocado que muchos clientes hayan salido despavoridos del hotel por los hechos inexplicables que vivían. En la habitación contigua, la nº 23, una noche un hombre llamó a la policía porque comentaba que su habitáculo se encontraba lleno de gente.

Todos estos sucesos son achacables a una supuesta leyenda del siglo XV. Se comenta que el noble condestable Don Miguel Lucas de Iranzo mantenía una relación extramatrimonial con una joven musulmana. El profundo amor que se profesaban los enamorados despertaron las envidias y los celos de sus súbditos, ya que pensaban que la muchacha hacía que el gobernador desatendiera sus funciones públicas. Un día, aprovechando la ausencia del Conde de Castilla, un grupo de hombres asaltó el castillo y prendió fuego a la mujer que se encontraba embarazada. Hay quien piensa que fue en esta parte del Parador donde la mora encontró la terrible muerte y que son sus lamentos los que algunos dicen oír mientras arrastra y golpea los muebles.

viernes, 12 de junio de 2020

De leyenda: La Cámara de las Estatuas

“En los primeros días había en el reino de los andaluces una ciudad en la que residieron sus reyes y que tenía por nombre Lebtit o Ceuta, o Jaén. Había un fuerte castillo en esa ciudad, cuya puerta de dos batientes no era para entrar ni aun para salir, sino para que la tuvieran cerrada. Cada vez que un rey fallecía y otro rey heredaba su trono altísimo, éste añadía con sus manos una cerradura nueva a la puerta, hasta que fueron veinticuatro las cerraduras, una por cada rey.

Entonces acaeció que un hombre malvado, que no era de la casa real, se adueñó del poder, y en lugar de añadir una cerradura quiso que las veinticuatro anteriores fueran abiertas para mirar el contenido de aquél castillo. El visir y los emires le suplicaron que no hiciera tal cosa y le escondieron el llavero de hierro y le dijeron que añadir una cerradura era más fácil que forzar veinticuatro, pero él repetía con astucia maravillosa: “Yo quiero examinar el contenido de este castillo”. Entonces le ofrecieron cuantas riquezas podían acumular, en rebaños, en ídolos cristianos, en plata y oro, pero él no quiso desistir y abrió la puerta con su mano derecha (que arderá para siempre).

Adentro estaban figurados los árabes en metal y en madera, sobre sus rápidos camellos y potros, con turbantes que ondeabn sobre la espalda y alfanjes suspendidos de talabartes y la derecha lanza en la diestra. Todas estas figuras eran de bulto y proyectaban sombras en el piso, y un ciego las podía reconocer mediante el solo tacto, y las patas delanteras de los caballos no tacaban el suelo y no se caían, como si se hubieran encabritado. Gran espanto causaron en el rey esas primorosas figuras, y aun más el orden y silencio excelente que se observara en ellas, porque todas miraban a un mismo lado, que era el poniente, y no se oía ni una voz ni un clarín.

Eso había en la primera cámara del castillo. En la segunda estaba la mesa de Solimán, hijo de David - ¡sea para los dos la salvación! -, talladaen una sola piedra esmeralda, cuyo color, como se sabe, es el verde, y cuyas propiedades escondidas son indescriptibles y auténticas, porque serena las tempestades, mantiene la castidad de su portador, ahuyenta la disentería y los mas espíritus, decide favorablemente un litigio y es de gran socorro en los partos.

En la tercera hallaron dos libros: uno era negro y enseñaba las virtudes de los metales de los talismanes y de los días, así com la preparación de venenos y de contravenenos; otro era blanco y no se pudo descifrar su enseñanza, aunque la escritura era clara. En la cuarta encontraron un mapamundi, donde estaban los reinos, las ciudades, los mares, los castillos y los peligros, cada cual con su nombre verdadero y con su precisa figura.

En la quinta encontraron un espejo de forma circular, obra de Solimán, hijo de David - ¡sea para los dos la salvación! -, cuyo precio no era mucho, pues estaba hecho de diversos metales y el que se miraba en su luna veía las caras de sus padres y de sus hijos, desde el primer Adán hasta los que oirán la Trompeta. La sexta estaba llena de elixir, del que bastaba un solo adarme para cambiar tres mil onzas de plata en tres mil onzas de oro.

La séptima les pareció vacía y era tan larga que el más hábil de los arqueros hubiera disparado una flecha desde la puerta sin conseguir clavarla en el fondo. En la pared final vieron grabada un inscripción terrible. El rey la examinó y la comprendió, y decía de esta suerte: “Si alguna mano abre la puerta de este castillo, los guerreros de carne que se parecen a los guerreros de metal de la entrada se adueñarán del reino”.

Estas cosas acontecieron el 89 de la hériga. Antes que tocara a su fin, Tárik se apoderó de esa fortaleza y derrotó a ese rey y vendió a sus mujeres y a sus hijos y desoló sus tierras. Así se fueron dilatando los árabes por el reino de Andalucía, con sus higueras y praderas regadas en las que no se sufre de sed. En cuanto a los tesoros, es fama que Tárik, hijo de Zaid, los remitió al califa su señor, que los guardó en una pirámide.”

viernes, 20 de marzo de 2020

De leyenda: El obispo insepulto


Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, obispo de Jaén, fue prelado de Jaén en la primera mitad del siglo XVI. Fue un hombre que pasó a la historia de la Diócesis como un gran constructor, al ser el responsable de la creación de, entre otras, el Santuario de San Ildefonso de la capital del Santo Reino. A finales del siglo XV nació este personaje en el municipio avilés de Fuente del Sauce. Antes de llegar a Jaén, fue obispo de Madroñero y Lugo y Consejero Mayor del Reino e Inquisidor General.

A Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce se le debe la edificación de la primera catedral gótica, antecedente que le valió para ser enterrado en la capilla mayor de la misma. En 1635 fue trasladado temporalmente a la sacristía de la actual catedral con motivo de unas obras en el corazón de la fábrica eclesiástica.

Cuando concluyeron las obras en el templo trazado por Andrés de Vandelvira, el Cabildo Catedralicio decidió que el obispo había perdido todos los honores que le posibilitaba seguir enterrado en la capilla mayor al haberla transformado casi en su totalidad el arquitecto toledano. Para eso, desde Cabildo se propuso que Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce debía ser enterrado con el resto de obispos, algo que su familia se negó por completo. Sus parientes estimaron que era de justicia volver a enterrar el cuerpo del obispo en el altar mayor.

Esto provocó que se iniciara un litigio entre ambas partes, dando como solución preventiva que el cuerpo del prelado fuera ubicado en la capilla mayor, pero sin ser sepultado, colocando su cadáver en un mueble diseñado para albergar al fallecido. 300 años más tarde, el cuerpo permanecería en dicha capilla, esperando la resolución del litigio entre familiares del difunto y el Cabildo Catedralicio.

Durante estos tres siglos la familia ofrecía una vez al año una serie de bienes al Cabildo tales como cera, miel, ganado… El motivo por el que los parientes del obispo realizaban esta ofrenda se debe a que con este acto seguiría en pie sus reclamaciones.

En 2001, el obispo de la Diócesis de la capital, Don Santiago García Aracil, oficializa un acuerdo con los parientes de Don Alonso en el que los restos del difunto serían sepultados definitivamente en la Capilla del Santo Rostro. La fecha en la que Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce recibió cristiana sepultura fue el 13 de mayo de ese mismo año.

El mueble que sirvió de féretro durante siglos aún permanece a la izquierda de la Capilla Mayor sin la inscripción que indicaba el uso funerario del menaje, y que decía así: “Alonsus Suares de la Font”, “Obispus Insepultus”, Falleciorum 1.520, sepultorum 2.001. Ret in cantem pace.

viernes, 28 de febrero de 2020

De leyenda: Enfrente del toro está el tesoro


Cuenta la leyenda que, en uno de los muros de la fortaleza del Castillo de Santa Catalina, existía una cabeza de toro esculpida en piedra acompañado de un letrero que decía: Enfrente del toro está el tesoro. Desde entonces, muchas personas han subido al cerro con picos y palas para escavar alrededor de la imagen, buscando sin éxito un tesoro que nadie daba con él.
Una mañana llegó un cazatesoros un tanto testarudo que se puso a cavar por el terreno como loco. Primero por la parte de enfrente del toro, como decía la inscripción, y después por la derecha y por la izquierda. No encontró nada. La frustración de este personaje provocó que utilizara su pico para proyectarlo contra la frente de la imagen del animal.
De repente, escuchó un intenso tintineo metálico. Al volver la mirada hacia la escultura, el joven vio con asombro como salía de la imagen un gran chorro de monedas de oro que surgía del agujero de la frente del toro. El tesoro no estaba en frente de la imagen, sino en la misma frente del animal.
Las leyendas siempre eran utilizadas con alguna finalidad. Quizá ésta informe de antiguos cultos en Jaén a la deidad masculina simbolizada por el toro, el cual se sacrificaba para recibir los dones de fertilidad o conocimiento de los dioses. No hay que olvidar que, en época primitiva, en el barrio de la Magdalena, nacía el agua que provenía del monte de Santa Catalina. En dicho distrito existían unos baños, conocidos como los del toro, ya que se comentaba que esos aseos estaban presididos por una gran escultura de este animal.

viernes, 3 de enero de 2020

De leyenda: Los fantasmas de los Baños Árabes


Que una instalación con mil años de historia no tuviera sus propios misterios sería impensable por el gran número de personas que han transitado por el mismo.
Cuenta la leyenda que en los Baños Árabes, o Baños del Niño, fue asesinado Alí ben Hammud, sexto califa omeya del Califato de Córdoba en el año 1018, y que, desde entonces, a las doce del mediodía, se siente la presencia del fantasma, absorbiendo las energías de los visitantes.
Al parecer, en pleno mediodía, mientras el rey Alí estaba descansando en los baños públicos, entraron tres enemigos, y mientras uno cerraba las puertas, otro hacía lo mismo con las lucernas y un tercero avivaba el fuego de la caldera, de tal modo que la temperatura aumentó considerablemente. El noble comenzó a sudar hasta que se quedó sin una gota del mismo, muriendo al instante.
Otra leyenda comenta que estando su majestad en la sala caliente le sorprendieron unos eunucos fieles a un noble rival y lo apuñalaron hasta quedar herido de muerte. Siguiendo la costumbre árabe, le dieron a elegir el punto donde quería ser rematado, eligiendo el rey Alí una de las columnas de la sala templada, donde finalmente lo asesinaron.
En la actualidad, hay visitantes que se han sentido mal, con pocas fuerzas e incluso ha habido algún que otro desvanecimiento. Hay ocasiones en las que se han notado bajadas bruscas de temperatura, o extrañamente se han descargado baterías de móviles o cámaras, o se han velado películas fotograficas.
Hace unos años, unas mujeres de unos veinte años de edad que visitaban los baños junto a un grupo de visitantes, vieron a un hombre vestido con una túnica o bata larga hasta los pies que pasaba por la puerta principal de acceso a la sala caliente. Este hombre estaba en la zona templada, y al parecer miraba fijamente a estas mujeres. Cuando iba a concluir la visita, se apagaron las luces de los baños provocando los nervios entre los turistas. La guía que comandaba la visita preguntó al personal del museo quién había apagado las luces, pero todos ellos juraron que nadie se había acercado a ese sótano. Muchos pensaron que había sido el extraño hombre que caminaba por la zona para invitar a estas personas a abandonar el lugar y dejarlo tranquilo, pero nadie puede demostrarlo.
Lo cierto es que, dejando a un lado las leyendas, la historia nos dice que el rey Alí pudo ser asesinado, pero no en los baños públicos de Jaén, sino en los baños del Alcázar de Córdoba por unos siervos pagados por Jayrán al-Saqlabi al-Fata al-Amirí, rey taifa de Murcia y Almería, quizás formando parte de una conspiración de los seguidores de los omeyas, también en el año 1018.

viernes, 11 de octubre de 2019

De leyenda: La pata de jamón de la Taberna El Gorrión


En 1973 el cronista santistebeño don Francisco Olivares Barragán escribió el siguiente texto:
¿Qué es eso petrificado, en esta cueva escondido, además de acartonado, viejo, rancio y consumido? ¿Es una momia recién sacada de un viejo arcón? ¿Es quizás Matusalén? ¿Qué es este caparazón? ¿Será un fósil del Mioceno cubierto de telarañas? ¿Será un caduco agareno primo de Mari-Castaña? Todo esto me preguntaba haciendo suposiciones cuando en la bodega estaba con el par de “Gorriones”. ¡Basta ya de preguntar! fue y me dijo un “Gorrión”. Lo que cuelga del ramal es simplemente... un jamón. Y el otro hermano ha explicado ante el jamón viejo y pocho: Aquí continúa colgado desde el año dieciocho.
De este modo, el cronista describió a la perfección a la famosa momia que habita aún en la céntrica taberna “El Gorrión” de la capital del Santo Reino, convirtiendo el lugar en el verdadero “Museo del Jamón” de la ciudad.
Pues bien, sobre dicha pata de jamón se dice que existen dos leyendas sobre el origen del mismo, a saber: Una primera narra que don José María López Cruz, primer “gorrión” de la dinastía, se enteró del final de la I Guerra Mundial y, para celebrarlo, decidió perdonar el jamón y librarlo de ser consumido.
La segunda leyenda, que es la más creíble por parte de los clientes del establecimiento, narra la historia de dos extranjeros que visitaron la ciudad, en concreto una mujer que encandiló a don José María. Estas personas buscaban discreción y el tabernero los llevó a los bajos del inmueble donde, después de un buen rato, la mujer se quejó de una mancha en su camisa por culpa de una pata de cerdo colgada del techo. El propietario ofreció su vivienda particular para subir y limpiar la mancha. La mujer le pidió que fuera él mismo quien cepillara la prenda y, en medio del trance, aprovechó para besarle. Desde entonces, el tabernero agradeció lo acontecido conservando esa pata de jamón.
De todos modos, esta pata de jamón, que data del año 1918, no fue sacada de su escondite hasta bien llegado el siglo XXI, cuando un miércoles santo, con el bar lleno, llegó un cliente y pidió ver el jamón, pero al no poder acceder a él este se enfadó y desde entonces se encuentra en exposición sobre la barra y protegida con una vitrina con el fin de evitar caricias y pellizcos.

viernes, 19 de julio de 2019

De leyenda: El callejón del Duende


Cuenta la leyenda que a finales del siglo XIX la actual calle de Joaquín Costa era conocida con el nombre de "Callejón del Duende", en alusión a esos pequeños seres que, durante muchísimos años, provocaron numerosas molestias en las casas de aquella calle.

En dicho callejón vivía un hombre mayor con acento extranjero. Siempre salía de su casa muy temprano y no regresaba a la misma hasta la tarde, para luego abandonarla de nuevo por la noche para regresar casi de madrugada.

Estos horarios comenzaron a inquietar a la vecindad. Una noche, un vecino, aprovechando que la casa del personaje misterioso estaba vacía, decidió entrar en la propiedad con el fin de averiguar el porqué de tantas salidas nocturnas. Dentro de la casa encontró una gran cantidad de frascos y tarros con numerosos líquidos y un mapa que no comprendió, además de otros objetos que le resultaron muy extraños.

Nuestro personaje misterioso, al regresar a su hogar, descubrió que alguien había estado rebuscando entre sus cosas y pensó en tender una trampa para saber quién había sido el intruso que se había atrevido a violar la intimidad de su domicilio privado.

Al día siguiente, el vecino cotilla esperaba desde muy temprano la salida de nuestro personaje misterioso y cuando observó que estaba alejado de su casa, volvió al interior para continuar investigando.

Nada más entrar en el hogar el vecino curioso se encontró con un destello de luz y un sórdido crujido acompañado de un golpe tremendo que le hizo caer al suelo. Rápidamente, el ruido despertó a los vecinos que se acercaron a la casa a ver qué ocurría y entonces el intruso, inteligentemente, comenzó a chillar diciendo que le había atacado algo así como un fantasma y un duende. Cuando regresó el dueño de la casa los vecinos le informaron de lo que había ocurrido y este le prometió buscar al duende, que quizá se escondiera entre los libros.

Lo cierto es que nuestro misterioso personaje averiguó de esta forma quién había entrado en su casa. Invitó al vecino curioso a sus dependencias para decirle que no pensaba denunciarlo y que, si quería, le podría revelar su secreto con la condición de que nunca lo contara a nadie.

Según cuenta la leyenda, nuestro personaje misterioso se llamaba Jonás. Este comentó a su vecino que sus antepasados habían sido expulsados de la capital del Santo Reino por los Reyes Católicos y que, pensando sus antepasados que podrían regresar algún día, escondieron un tesoro del que solo quedaba un plano que era la referencia para encontrarlo varios siglos después.

A la semana de contarle a su vecino el secreto que guardaba, Jonás encontró el tesoro de su familia y se marchó de la ciudad, no sin antes dejar a su vecino y ayudante como responsable de las casas que poseía. Desde entonces, a este rincón de la ciudad se la conoce como “El Callejón del Duende”.

viernes, 1 de marzo de 2019

De leyenda: Peñón de Uribe



Resultado de imagen de plaza santa luisa de marillac jaenEn la actual Plaza de Santa Luisa de Marillac se encontraba el conocido Peñón de Uribe, una gran piedra que existía en esta plaza lindando con la calle Baja de Santo Domingo donde los vecinos se sentaban a charlar.

En la segunda mitad del siglo XIX, tanto la capital del Santo Reino como el resto de la provincia vivía inmersa en una gran sequía. Por este motivo pronto comenzó a hacerse notar la hambruna entre las clases más modestas, ya que su sustento dependía de los jornales que los hombres realizaban en las tareas agrarias y los campos no daban cosecha alguna.

Un vecino del primitivo barrio de San Juan, jornalero y casado de una bella dama y padre de cinco hijos albergaba también en su hogar a su padre anciano ya decrépito. El cabeza de familia, desesperado por no encontrar trabajo y apremiándole la miseria, decidió ingresar en el hospicio de hombres que se encontraba cerca del barrio a su pobre padre. Pensaba el hombre que así el anciano tendría mejores cuidados y así se paliaba un poco la hambruna que arrasaba en su casa. 

A primera hora de la mañana, el hombre visitó a su padre en su habitación para comunicarle la decisión que había tomado. El pobre anciano dio su conformidad, despidiéndose de sus nietecillos y su nuera minutos después. El hijo inmediatamente tomó a su padre a cuestas camino al hospicio, ya que el hombre no podía caminar. A la altura del Peñón de Uribe, el hijo depositó al padre en dicha piedra para descansar. El anciano en ese momento se echó a llorar, conmoviendo a su hijo y provocando que este le preguntase por el motivo de sus lágrimas, contestándole este.

“Es que me acuerdo cuando yo era joven e hice lo mismo con mi padre, él también estaba baldado y lo llevaba a cuestas, y lo senté en este mismo sitio para descansar antes de ingresarlo en el hospicio”.
El hijo, impresionado por esas palabras, volvió a cargar al anciano a sus espaldas y le comentó que volvían a casa y que confiaba en Dios para que, por su generoso gesto, no le faltase de comer.

Durante doscientos años, esta leyenda se ha ido transmitiendo entre las mujeres jornaleras y los vecinos del barrio de generación en generación. Si bien es cierto que la base de la leyenda no ha sufrido modificaciones, existen otras versiones que comentaban que el motivo por el que el hijo llevara a su padre al hospicio no era la hambruna que atravesaba la casa, sino que el hombre contrajo matrimonio con una dama que no quería encargarse de su indefenso suegro.