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viernes, 14 de diciembre de 2018

Paraje de Otíñar IV: El Barón de Otíñar



Don Jacinto Cañada, primer Barón de Otiñar, nació en Jaén en el año 1781 y murió el 12 de enero de 1845. Tuvo cuatro hermanos, Manuel, Rosa, Rafaela y Josefa. Era soltero y destacaba como miembro de la Santa Capilla de San Andrés. Favoreció con dádivas y fundaciones a la parroquia de San Juan, donde la familia tenía derecho de sepultura en el altar de San Jacinto. Residía en la calle Maestra Alta, 51, actualmente calle Almendros Aguilar. Habilidoso, consiguió adquirir tanto la sierra de Otiñar como La Vereda y Puerto Blanco. Incluso parece que mantenía cordiales relaciones con los bandidos de Sierra Morena, especialmente con la partida de Las Botijas, a los que ayudaba a blanquear dinero. 
 
Realizó por primera vez testamento en 1834 en el que designaba como heredera de sus posesiones a su hermana, doña Rosalía Cañada Rojo, indicando encarecidamente que respecto a la aldea de Otiñar “la fomente en cuanto sea posible, ya que con tantos afanes, trabajos y fatigas logré construirla y levantarla, y que proteja a aquellos infelices colonos que con el sudor de su frente están contribuyendo a su mayor prosperidad y grandeza”. En él no se resiste a proclamar su condición de fundador de la villa de Otiñar.

En 1841 la heredera de Otiñar pasaba a ser su sobrina, doña Ana Garrido Cañada. En el año 1844 pasó a favor de otra de sus sobrinas, doña María Juana Nieto Cañada, primogénita de doña Rafaela Cañada Rojo y don Antonio Nieto Cañada. A pesar de todo, aún redactaría un tercer testamento dejando a María Juana Armenteros y Soria, con quien había contraído matrimonio in articulo mortis, el usufructo de la mitad de los productos líquidos de la posesión de Otiñar. Falleció de infarto el 11 de enero de 1845, unos días después de hacer testamento.

Dejó un cuantioso capital. En el entorno de Otiñar era dueño de las fincas denominadas Boca del Barranco de los Neveros, Cotanillo de la Zorra, Cerrillo del Toril, Cardenilla, La Cimbra, El Entredicho, Vereda del Collado, Cueva de las Ventanas, Las Erillas, Cueva de los Yegricios, Hoya del Espino, La Zurradera, Navaltrillo, Cueva del Colorado, Peñón de las Cuevas, La Peinada, La Hidalga, La Caterilla, Rastros de La Zorra, Rastro de los Reventones, La Valerosa, Meneses, Curamanchor, Peñón de la Cueva, La Molinera y El Acibuchar.

Basándose en los privilegios tradicionales que los reyes concedían a quienes creaban nuevas poblaciones a sus expensas, se decía que el 2 de agosto de 1833, Fernando VII “se sirvió aprobar la nueva población de Otiñar, concediendo a don Jacinto Cañada y Rojo el título de Barón y las gracias y privilegios otorgados a los fundadores de nuevas poblaciones”.

Don Jacinto lo utilizó en diversas ocasiones, pero al parecer el título careció de sanción legal, y no fue bien admitido entre la nobleza giennense. Aun así, los poseedores de Otiñar lo utilizaron esporádicamente para realzar su apellido. De hecho, en varias partidas sacramentales del último tercio del XIX sí se hace constar de la baronía de Otiñar.

Una vez fallecido Don Jacinto Cañada, Doña María Juana Nieto Cañada heredó la aldea de Santa Cristina y el título de Baronesa de Otiñar, de acuerdo con la voluntad de su tío. Ese mismo año, enviudó del médico don Francisco Callejón, con el que no había tenido descendencia. Pronto contrajo matrimonio en segundas nupcias con don Juan Antonio Martínez Bailén. Se casaron en San Juan ante la oposición de la madre de ella. Desde entonces habitaron una casa en la calle Espiga. Tuvieron una hija, María del Carmen Martínez Nieto. Tras el parto, doña Juana murió, por lo que la recién nacida se convirtió en Baronesa de Otiñar.

El viudo, don Juan Antonio, se casó entonces con su cuñada, doña Dulcenombre Nieto Cañada. La nueva dueña de Otiñar, María del Carmen Martínez, murió con veinticinco años, siendo su tía doña María del Dulcenombre Nieto Cañada la heredera del título y posesión en Santa Cristina. De su matrimonio con el doctor Martínez Bailén, nacieron tres hijos llamados Juan Antonio, Rafael y María del Dulcenombre. El segundo de ellos, don Rafael Martínez Nieto, que contrajo matrimonio con doña María Serrano Pérez, ocuparía con el tiempo diversos cargos políticos.

Don Rafael, junto a su hermano Juan Antonio, heredaron proindiviso Otiñar, mientras que la hija, doña Dulcenombre, que contrajo matrimonio con don Luis Berges Arévalo, heredó las fincas de La Vereda y Puerto Blanco, integrantes, hasta entonces, del conjunto de la gran posesión de Otiñar.

Don Rafael Martínez Nieto convirtió la aldea en una explotación agrícola con gran diversidad de producciones, iniciando al mismo tiempo, una tímida industrialización. También mejoró sensiblemente su reducido conjunto urbano, dotándolo de escuela y parroquia propia. Para beneficiar la producción, junto al Puente de La Alcantarilla edificó una gran fábrica de aceite y jabones, denominada Hacienda Santa Cristina.

Del matrimonio entre don Rafael Martínez Nieto y doña María Serrano hubo una hija única, doña María Martínez Serrano, que en 7 de abril de 1923 se casó con un teniente de la Guardia Civil, don José Rodríguez Cueto. Al fallecer su padre el 3 de abril de 1924, heredó las posesiones de Otiñar. A partir de entonces, Rodríguez Cueto incentivó todos los ramos de la finca, que vivió un momento de esplendor y prosperidad económicos. Tras su muerte en la década de los años ochenta, la vida de Otiñar se eclipsaría definitivamente.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Paraje de Otíñar III: La Parroquia



Desde el siglo XIV consta la existencia de una iglesia en pleno paraje de Otíñar, con la condición de parroquia rural. A partir del XVI, ésta se extinguió, agregándose sus obligaciones a la de El Salvador, en el Castillo de Jaén. Con el tiempo, al fundar don Jacinto Rojo su señorío, se edificó una capilla bajo la advocación de Santa Cristina, bendecida por el Gobernador Eclesiástico el 24 de julio de 1831. Dicha iglesia quedó agregada a la parroquia de El Sagrario, que designaba un coadjutor para su servicio. Para evitar el penoso desplazamiento a Jaén, esta se la dotó del correspondiente Cementerio Parroquial.
El crecimiento experimentado por la aldea permitió que en el mes de febrero de 1893 naciera la parroquia de Santa Cristina, con jurisdicción y término propio, aunque el correspondiente decreto y delimitación de feligresía se firmó el 23 de junio. El primer párroco fue don Juan Antonio Cobo Jimeno y el primer obispo en visitarla fue don Victoriano Guissasola, quien realizó dos visitas pastorales. Para acoger su sede, simplemente se restauró la antigua iglesia.
Su fábrica era bastante sencilla. Al exterior se encontraba coronada por una espadaña y por unos pináculos, mientras su puerta era de clavazón. Poseía una sola nave, y como signo propio del señorío, se comunicaba directamente con la casa de los señores a través del presbiterio, el cual se separaba de la nave mediante un escalón y una baranda de madera. El templo disponía de sitiales para los señores en el presbiterio y privilegio de sepultura. Allí fueron enterrados don Jacinto Cañada, doña Rafaela y don Francisco Callejón Ruiz, doña María Juana Nieto, doña Concepción, doña Ángeles y doña María del Carmen Martínez Nieto y don Juan de la Cruz Martínez.
Fue dedicada a Nuestra Señora de las Mercedes, imagen a la que estaba dedicado el retablo que presidía el altar, acompañada por dos imágenes del Corazón de Jesús y el Corazón de María. En su honor se fundó la Cofradía de Nuestra Señora de las Mercedes, cuyos estatutos renovados se aprobaron el 3 de diciembre de 1921. Completaban la ornamentación interior un lienzo de gran tamaño con la representación de las Ánimas del Purgatorio, un tapiz con el tema de Tobías y el Ángel, lienzos con las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, Santa Teresa, un apostolado, dos escrituras de San Francisco de Asís y Santo Domingo, y un relicario de Santa Rita.
El 25 de junio de 1959, el obispo Félix Romero Mengíbar efectuó la última visita pastoral a la parroquia, administrando el sacramento de la confirmación. Poco después comenzó la decadencia de la parroquia, que tuvo como último acto sacramental un entierro el 9 de marzo de 1963. A comienzos de 1971 se arruinó la sacristía, y ya muchos actos se celebraron en la capilla del Puente de la Sierra.
Por este motivo la sede parroquial se trasladó hacia este último aunque conservara la titularidad de parroquia de Santa Cristina la iglesia original. Hasta su archivo parroquial tuvo que ser integrado en el Archivo Histórico Diocesano. Con el abandono de la aldea, el templo sufrió un expolio y saqueo, dispersandose su exiguo patrimonio artístico. Algunas piezas pudieron salvarse, estando expuestas hoy en el Museo de Artes y Costumbres Populares, sita en el Palacio de Villadompardo.