viernes, 15 de enero de 2021

Iglesia de Santo Domingo: Un espacio abandonado a su suerte

La popular Iglesia de Santo Domingo, de una sola planta rectangular con tres tramos cubierta con bóveda de media naranja sobre pechinas y bóvedas de nervios, data del siglo XVI y se mantuvo abierta al culto hasta el año 1975. Esta fábrica, también bautizada como de Santa Catalina, poseía bóvedas pintadas al fresco de notable valor artístico que han sido retiradas para mejorar su conservación.

Ya en el interior, en la capilla mayor, se encuentra pintado un grupo de dragones al igual que en la desaparecida Iglesia de San Miguel y en la Parroquia de La Magdalena. Aparte de un presbiterio se encuentra también dos capillas más, y en la capilla de la cabecera, de estructura poligonal, se puede disfrutar de una cubierta con bóveda nervada de estilo gótico tardío.

Hace un tiempo comenzaron unas obras de reconstrucción en el recinto que comenzaron con un diagnóstico preciso sobre cuál era la situación arquitectónica del templo. Junta de Andalucía y Diputación, encargados de la misma, buscan crear, junto al Antiguo Hospital de San Juan de Dios y el Centro Cultural del Palacio de Villadompardo, un triángulo en pleno casco histórico destinado a actividades culturales, actividades de ocio o de promoción turística para así atraer a más visitantes a la zona antigua de la ciudad.

La reforma final de este conjunto monumental, formado por la iglesia conventual, su sacristía anexa y unas antiguas escuelas parroquiales, y que fue catalogado como Bien de Interés General, se espera que se inicien en 2021 y concluyan en un plazo aproximado de entre doce y veinticuatro meses. Todo ello será financiado con fondos europeos y con fondos denominados uno por ciento cultural de la Junta de Andalucía.

Recientemente se han descubierto restos de un pórtico que podría pertenecer al antiguo conjunto de un palacio islámico ubicado por la zona. Serían yeserías que podrían formar parte de las arquerías profusamente decoradas que darían paso a uno de los pabellones del conjunto palaciego.

viernes, 8 de enero de 2021

En el olvido: Casa de la Munición

En la parte final de la calle de Santa Clara se encontraba la Casa de la Munición. Su nombre pudo ser debido a que en ese lugar se pudo almacenar pertrechos militares, munición de boca y armamento bélico durante la invasión napoleónica, entre 1810 y 1812, o que entre 1600 y 1634 se encontró en ese punto de la ciudad el Concejo Municipal.

La portada se cubría con un trabajado y bello friso y sobre ella existía una hermosa reja de forja. A la derecha se encontraban las armas episcopales de don Bartolomé de San Martín y Uribe y, en el lado opuesto, los blasones de los Salazar-Coello.

En 1752 la casa perteneció a don Bartolomé de San Marín y Uribe. Esta se componía de cuatro cuerpos y en ella existió un zaguán, varias cuadras y un corral pequeño, además de tres salas bajas y dos dormitorios.

En el exterior existió un huerto con naranjos y algunos limoneros con espaldares. En el centro del patio se construyó una fuente y, entre otras dependencias, también se construyeron un corredor, varias cocinas, tres dormitorios, un pajar, dos graneros y dos cuartos fruteros.

Anexo al edificio construyeron una casa accesoria a la que se entraba por la calle del Ataúd. Tal familia se pudo permitir el lujo de contratar entre su servicio a tres criadas, un mayordomo, un lacayo y dieciséis mozos.

En el siglo XIX el hogar cayó en decadencia y sus dueños la convirtieron en un corral de vecinos. En los ochenta del siglo pasado el edificio fue destruido, aprovechando su solar para construir pisos de renta limitada. Sólo se mantuvo en pie su humilde portada.

viernes, 1 de enero de 2021

Barrios de Jaén: El Arrabalejo

La barriada de El Arrabalejo fue un entorno construido a extramuros de la ciudad en época bajomedieval, entre las puertas de Martos, del Aceituno y el portillo de San Agustín continuando por la ronda de muralla existente en la zona. En las huertas del poyo, junto a la actual calle del Rey Alhamar, allá por 1275, nació el convento de la orden de Santo Domingo. Posteriormente, sus religiosas se trasladaron a unas casas ocupadas actualmente por el Palacio Episcopal y, después, a la calle Maestra Baja.

La parte central de este enclave urbano fue siempre la Puerta del Sol. En ella se construyó una fuente monumental que recibía las aguas del raudal de La Magdalena en el siglo XVI, obra de Alfonso Barba y Miguel Ruiz de la Peña. En esta se levantan tres cuerpos. En el primero se encuentran dos hornacinas por donde salen los chorros de agua, mientras que en el segundo y en el tercero se pueden ver unas cartelas y unos escudos. La fuente es coronada por un jarrón y una inscripción en el que informa del año de su ejecución, 1574.

Junto al citado portillo se encontraba una hornacina con la imagen de un Cristo Crucificado que fue trasladado a una casa limítrofe cuando se decidió derribar la puerta. Las graves epidemias que han asolado la ciudad provocaron en el entorno de El Arrabalejo enormes tragedias, como la de los años 1855 o 1861, quizás por los estiércoles y albercas que existían en los alrededores.

Especial protagonismo recuperó el barrio con el intento de recuperar la feria de agosto a mediados del siglo XX. Durante los días 14, 15, 16 y 17 se celebraron verbenas, desfiles de gigantes y cabezudos, concursos de belleza, fuegos artificiales, juegos de sacos y hasta una procesión religiosa con las imágenes del Cristo de la Salud y Nuestra Señora de Agosto como protagonistas. El deficiente presupuesto de las fiestas provocó su desaparición años más tarde.

De la zona también ha desaparecido el chalé de Inocente Fe, construido en una huerta que este personaje ilustre poseía entre el barrio y el Paseo de la Estación. Junto a su vivienda se proyectó construir un hotel y se diseñó una calle, hoy en día conocida como Maestro Bartolomé junto con algunas viviendas de estilo regionalista. Este hecho marcó tendencia y la zona se convirtió en referente de la vida social de la ciudad durante los primeros años del siglo XX.

En la calle Puerta del Sol, en el espacio colindante con la actual calle del Arquitecto Berges, se construyó a finales del siglo XIX un matadero municipal gracias al empeño depositado por el arquitecto Justino Flórez Llamas. Hoy en día nada queda de ese espacio industrial, ya que en la actualidad se encuentra sobre el terreno el Residencial Las Peñas.

viernes, 25 de diciembre de 2020

De leyenda: Almas errantes en el Hospital de San Juan de Dios

A continuación, se puede leer el texto original sobre dicha leyenda.


“Esta tarde se ha puesto a llover; a llover de esa forma tan especial con que lo hace en Jaén.

El viento zarandeaba las baldas de la persiana que, a media altura, dejaban pasar al comedor la última cuota de claridad que los pardos nubarrones permitían filtrar por sus frías y húmedas paredes. Izó un poco más aquella persiana, y agudizó mis sentidos.

El silbido del viento se hacía presente por las invisibles rendijas de la ventana. Las ramas de los árboles siseaban al rozarse con fuerza las unas contra las otras, mientras las gotas de agua, estrelladas en los cristales, imprimían una visión distorsionada de las personas que, encorvadas por el viento y asiéndose el sombrero con una mano o aguantando el paraguas ya vuelto con la otra, caminaban lo más deprisa que podían por las calles empedradas. Alguna de ellas parecía volverse, y mirarme, y llamarme.

Estaba en un punto en que lo onírico se podía transmutar en realidad, o en el que tal vez, la realidad, podía adquirir tintes oníricos. En estos casos, la curiosidad tiende a dejarse llevar por las apariencias y, quizás, conducimos al encuentro de algo o alguien mostrándonos un camino que, de tomarlo, no acertaríamos a adivinar si es real o imaginario. En ese estado, atrapado por las redes que lanza el viento al entrecruzarse con las ramas de los invisibles olmos, me siento transportado al viejo barrio de San Miguel.

La cuesta que lleva hasta su perdida iglesia se torna resbaladiza. Allí, al igual que en sus calles aledañas, tampoco hay árboles, pero sin embargo se sigue escuchando el quejido de las ramas, trayendo quizás alguna oración perdida desde el vecino convento de Santa Catalina.

Como si de un sendero trazado se tratase, sigo los húmedos y brillantes guijarros de la Calle Córdoba hasta llegar a la todavía llamada de la Almona. En ella, una monja enjuta y pálida, con hábito azul, mandil blando y blanca toca almidonada desplegada al viento, baja impasible hacia la del Carnero, perdiéndose inexplicablemente antes de tomar el recodo de la misma.

El viento me empuja y fuerza mis pasos hasta aquel lugar, pero no encuentro su rastro. Paso por delante del callejón, llamado en otro tiempo de los muertos, siempre bordeando la tapia del benéfico hospital de San Juan de Dios, y abierta su antigua puerta gótica de par en par, decido entrar al vislumbrar entre las palmeras del patio por pálida silueta de la monta. Ya dentro, me pareció verla entrar en el ascensor. Me acerco, entro también, y compruebo que no hay nadie en su interior, solo yo.


El aire, que se arremolinaba por el claustro creando pequeños torbellinos, ha arrojado un papel dentro del ascensor, dejándolo a mis pies. Me inclino para cogerlo y, cuando me disponía a desdoblarlo para leerlo, se cierra sin más su puerta conmigo dentro y comienza un descenso a lo desconocido que encogió mi ánimo, mientras una ráfaga de viento cruzaba mi espalda, produciéndome un escalofrío, un repelús, que me hizo languidecer con tal rapidez que, de no ser porque la puerta se abrió de nuevo y pude salir, hubiese caído sin duda en una crisis de pánico.

Me encuentro ahora en una estancia con bóvedas bajas, justo al lado de la cafetería. La temperatura es fría. Sin embargo, un prolongado perfume a azahar inundaba el momento, creando un ambiente de bienestar espiritual.

Pero esa conjunción con lo eterno pronto fue turbada por un repentino y fugaz apagón de luces que actuó, al parecer, como resorte para que se abriera la pesada puerta de cristal por la que se accede a la cafetería.

Perdida ya la razón y dejándome llevar por los impulsos del alma, crucé el umbral de aquella puerta y recorrí una larga estancia. En ella, tras la barra del mostrador, se encontraba una mujer morena de ojos grandes, oscuros y profundos, que más que camarera, asemejaba encarnar una vestal romana rodeada de un aura blanca por todo su cuerpo.

Miró mis asustados e incrédulos ojos mientras me ofrecía un café.

Sobre el fuego apagado de la cocina, la cafetera silbaba indicando que el café estaba en su punto. Me sirvió una taza. Pero otro repentino y fugaz apagón de luces me hizo desviar la mirada de aquellos profundos ojos y dirigirla al lugar por el que entré. El ascensor abría su puerta nuevamente sin nadie dentro de él, y a los pocos segundos, se vuelve a abrir sola la de aquella cafetería, a la vez que unos pasos sordos parecían avanzar hasta mí deteniéndose a escasos metros. Entonces, la puerta se cerró con la misma lentitud con la que antes se abrió.

No reacciono. Vuelvo la mirada a la sacerdotisa y le pregunto con la mía. Ella pausó unos segundos la contestación, a la vez que su rostro se tomaba en cada uno de ellos más afable. Después, con voz dulcísima, me dijo “En este Hospital hubieron muchos llantos, lamentos, agonías dolorosas… muertes imprevistas”. Aquella estancia, dijo dirigiendo su mano a la de baja bóveda donde se encontraba el ascensor, y sin dejar de mirarme, era la cripta. Allí dejaban a los muertos hasta que eran transportados al cementerio o a la iglesia. Muchas almas, continuó diciendo, han quedado apresadas entre estos muros esperando el momento de ver la luz que las lleve hasta la infinita misericordia.

Una nueva ráfaga de viento zarandeó mi cuerpo, mientras mis ojos se perdían en el océano proceloso de los de aquella mujer.

Se había abierto un postigo de la ventana y la lluvia penetraba en mi comedor mojándome la cara. Lo cierro con rapidez y me siento despertar de un sueño un tanto absurdo.

Las escasas personas que pasaban por la calle, iban cobijándose como podían de las inclemencias de la tarde, y las ramas de los árboles seguían en su desaforada desazón blandiéndose las unas contra las otras.

El subconsciente me llevó de nuevo hasta los ojos de aquella mujer, a esos ojos negros, grandes y profundos, pero achinados un tanto a causa de la sonrisa virginal y mágica que me deparaba.

Esos ojos, llenos ahora de dulzura, incidieron con suavidad en una de mis manos, en la que tenía cerrada y apoyada sobre el frío cristal, me vuelve a mirar forzando mi ánimo para que yo mirase también esa mano. Así lo hayo y veo como en ella, fuertemente apretado, había un papel aprisionado. Era el mismo papel que recogí en el ascensor del Hospital.

Como si el tiempo y el lugar se hubiesen trasladado desde aquella cripta hasta mi comedor, me enfrento de nuevo a las almas mudas y penitentes que vagaban por las frías salas de aquel hospital. Miro de nuevo el papel arrugado dentro de mi mano, pero no me atrevo a leerlo inmediatamente a pesar de la intriga que de su contenido percibo. Lo despliego poco a poco, receloso de lo que pueda encontrar escrito en él, pero al mismo tiempo ávido por saberlo. Al cabo de un rato, fijo mis ojos sobre unas letras grandes, un tanto deformes, de color apagado, en las que se puede leer con estupor. ORA PRO NOBIS”.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Jaén y deporte, deporte y Jaén: CB Jaén

Club Baloncesto Jaén es el equipo más representativo de la capital del Santo Reino relacionado con esta disciplina deportiva. Su estilo se basa en una fuerte cantera bien trabajada por los distintos integrantes de este conjunto deportivo.

Sus integrantes pueden disfrutar de unas instalaciones donde entrenar, de entrenadores formados académicamente y de hasta un equipo senior con quienes algún día sus jugadores podrán jugar con los mejores jugadores del baloncesto español.

Sus señas de identidad hacen única a esta formación deportiva, como los vínculos y las amistades que se crean para toda la vida y los valores que se transmiten más allá del deporte. En ella se ofrece un entorno donde se desarrollan habilidades sociales, hábitos saludables y valores como la amistad, el respeto y el compromiso en el día a día de los jugadores.

Actualmente, Club Baloncesto Jaén cuenta con equipos en categoría junior masculino, junior femenino, cadete masculino, cadete femenino, infantil masculino, infantil femenino, minibasket masculino, minibasket femenino y minibasket mixto.


viernes, 11 de diciembre de 2020

Personajes ilustres de nuestra tierra: Magdalena del Prado

Magdalena del Prado nació en Jaén entre 1620 y 1625 y pertenecía a una de las familias nobles del vecino municipio de Torredonjimeno, siendo hija de don Manuel del Prado y de doña María de Valenzuela. Con el paso del tiempo contrajo matrimonio con don Cristóbal de Vilches y Alférez, a su vez caballero veinticuatro perpetuo de la ciudad de Jaén y cofrade de San Andrés.

Fue abuela de don Cristóbal de Vilches Alférez y Talavera, el cual hizo valiosos donativos a la Virgen de la Capilla, a la postre sepultado bajo los pies de la patrona. Nuestra protagonista también era pariente de Santo Tomás de Villanueva, venerable muy limosnero conocido como Padre de los Pobres. Su imagen aún se encuentra en la capilla de Santiago Apóstol en la Santa Iglesia Catedral de nuestra ciudad.


La vivienda de doña Magdalena del Prado se encontraba en el número 12 de la calle que lleva su nombre. El edificio fue destruido, sin embargo, aún se conservan restos de la misma, a destacar un blasón, un sol partido con el león y el castillo escudo de los Vilches, y un baquetón gótico con alfiz partido.

Mujer de la época, se encargaba de controlar a los esclavos que poseía, permitiéndose incluso el placer de darles permisos a estos para que contrajeran matrimonio cristiano entre ellos.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Crimen del Pub Princesa

Manuel José Castro, tosiriano de 37 años y camarero del Pub Princesa, fue encontrado muerto en dicho local el 23 de marzo de 1995. El cuerpo presentaba un fuerte golpe producido por un extintor y varias heridas de arma blanca en el pecho. Este fue hallado envuelto en espuma, según la policía, en un intento del asesino por borrar cualquier indicio que lo involucrara.

Durante semanas la policía interrogó a los clientes que esa noche estuvieron en el establecimiento, a amigos de la víctima y a delincuentes habituales. Los investigadores no encontraron nada. Cuando la investigación parecía estar en punto muerto, meses después, un vecino de la capital con graves problemas psiquiátrico amenazó a una pareja con un cuchillo.

Fue la madre quien denunció a su hijo porque este le había confesado que había cometido un crimen. Cuando la policía registró su casa, encontró el arma y un pijama del hospital manchado de sangre. Francisco José C. A. fue ingresado en prisión por orden del juez, pero debido a sus trastornos mentales fue trasladado a la planta de psiquiatría del Hospital Princesa.

Las pruebas forenses que se efectuaron dieron como resultado que la sangre hallada en dicho pijama pertenecía al camarero asesinado. Por desgracia, cuando estos resultados se hicieron públicos, el asesino se suicidó. El caso fue archivado de forma provisional en 1997 aún sin esclarecer si Francisco José pudo o no contar con la ayuda de una presunta mujer de la que nunca existieron pruebas sólidas que la incriminara en los hechos.